jueves, 4 de octubre de 2018

Bajo la punta del iceberg


Relato de María José Villarroya Dura

Un cadáver de mujer yace en el Instituto de Medicina Forense esta noche. La mató su marido. En tu ciudad, Julia. A las cuatro de la tarde su cuerpo fue fotografiado en la calle. Sobre un charco de sangre. Bajo una sábana blanca. 
  
Lees la noticia, Julia, y la compartes en facebook. Es lo menos que puedes hacer. Y escribes unas líneas: 
  
“Las queremos vivas y libres. 
  
No imaginamos lo que existe bajo la punta del iceberg”. 
    
Pero, Julia, tú sí lo imaginas. Añades una foto con el hashtag #NiUnaMenos. Sabes que nada de esto sirve apenas. Un gesto diminuto. Un lazo negro en la cima de un iceberg. Te sientes una impostora. Porque sabes mucho más de lo que dices y no has tenido nunca el valor de contar. Ni la fuerza para rebelarte. Sabes que tu feminismo es una impostura, una pose. 
  
Son ya las dos de la mañana. Sigues mirando la pantalla del ordenador mientras intentas completar un informe del trabajo. Pero andas perdida entre hielos. Un enorme cubito asoma por encima del gintonic que sostienes en tu mano. Hace tanto tiempo que recurres a una copa para restar dolor a lo que no puedes llevar sola. Como tantas otras: alguna copa, algún tranquilizante. Tú, Julia, que sabes desde cuándo. Aunque no lo cuentes. 
  
No quieres seguir con el informe. En tus ojos se ha instalado la fotografía de la mujer que espera la autopsia en el Instituto de Medicina Forense. El iceberg y el lazo negro. 
  
Bebes un trago antes de sumergirse en las aguas heladas, allí donde se asienta la base de la enorme montaña de hielo, donde todo comienza. Allí donde tantas mujeres dejan de ser libres y empiezan a morir. Como esa mujer, que anduvo muriéndose mucho antes de que su marido le asestara la última cuchillada en esta tarde de abril. 
  
Piensas en Manuel, que era un hombre encantador. Tan extrovertido. Siempre pendiente de todos, especialmente de las mujeres. Por eso te enamoraste como una loca. Porque creíste que te protegería. Porque daba unos abrazos que curaban todas las heridas y sentiste que no había otro lugar para ti en el mundo. Por eso y por sus ojos verdes, donde se cobijaba la ternura. Por sus versos. Y sus canciones. Su llegada fue una explosión. Descuidaste la amenaza que serían sus manos grandes, segura de que no te lastimarían. Ahora sabes que no son precisas las manos para herir. Te enamoraste. Como quien se suicida. Ya se sabe: "amor que es cuerdo, no es amor". Entonces, desnudaste el corazón y lo dejaste a la intemperie. Y te regalaste, Julia. Como una geisha. 
  
Manuel era un hombre encantador. Como probablemente lo fue el marido de esta mujer que ya no espera nada. ¿Por qué. si no, se habría ella enamorado? Dirán luego los vecinos que nunca sospecharon nada. Ni Manuel ni el asesino eran agresivos ni hostiles. Salvo para sus amores. En la más estricta de las intimidades. Porque la intimidad puede ser el más terrible de los espacios. 
  
No ves nada claro, Julia. No es sólo el gintonic. Bucear en las profundidades es complicado. La visión es escasa. Apenas hay luz. Las corrientes empujan. Los recuerdos no son nítidos. El sonido es turbio. Todo se vuelve confuso y desconocido. Algún día tendrás que tocar fondo, mientras luchas para que el peso de las aguas no te aplaste el corazón. 
  
Porque es allí donde comienza la historia para todas las mujeres: en el lugar donde creyeron que habían encontrado el amor. Al fondo, muy al fondo. Al pie del icebeberg. Cuando los lazos de su amor ya estaban estrechados y el corazón estaba a la intemperie, llegó la pesadilla. 
  
No recuerdas, Julia, qué fue primero. Quizás el reparto de tareas. Todo previsible. Te hiciste cargo de la casa, la ropa, las compras, los niños, de todo aquello que no parecía importante. De cuidar. Acataste los gustos, las decisiones y las opiniones de Manuel. No le echas la culpa. Asumiste que él tenía más trabajo. Y quizás él tenía razón y su trabajo era más importante. Por eso decidiste ayudarlo. Entonces el amor no dolía, aunque Manuel tuviera mucho genio y se enfadara con facilidad. Porque preferiste la paz a la razón, dejaste de discutir. Y claudicaste. Como esta mujer que a media tarde fue acuchillada claudicó también. Por cobardía. Por amor. Por tener paz. 
  
También esa mujer en algún momento dejó de ver a sus amigas. También empezó a entender que nada de lo que ella hacía era importante. También la convencieron de que la causa de las disputas estaba en ella misma. Y lo aceptó. Y cargó con la culpa. También ella quiso probarle a su marido que lo quería más que a nadie. Se equivocó. Nunca conseguiría hacer nada bien. Ahora es sólo un cadáver. 
  
Julia, sales al balcón a fumarte un cigarro. No sabe nada de esa mujer y, sin embargo, sabes más que casi nadie. Ignoras cuándo fue que esa mujer bajó el peldaño de las escaleras por vez primera. Pero no se te escapa que acabó bajando a los infiernos. Donde la dignidad no habita. Donde lo inadmisible es el pan de cada día. Donde sólo cabe traicionarse a una misma en cada paso. Y reinan las sombras y el miedo. 
  
Manuel nunca te tocó. Pero los golpes de sus palabras, de sus silencios y sus desprecios llegaban por todas partes. Por cualquier causa. Te sentiste como un saco de boxeo colgando en un viejo gimnasio. Dejaste de quererte. Todo valía con tal de no ofenderlo. Pero nada funcionaba. Imprevisibles, los golpes llegaban. Por una cosa o por su contraria. Y es que Manuel te quería tanto que no daba crédito a lo mal que tú te portabas. Y tú, Julia, veías a Manuel sufrir por tu culpa, lleno de reproches, Y no entendías nada. Hasta que te hundiste. Sentiste que el mundo se abría a tus pies y te dejaste llevar hasta el fondo. 
  
Es el tercer cigarro seguido que enciendes. Fumas igual que bebes; con el deseo profundo de hacerte daño. Como muchas otras toman pastillas, tú bebes para soportar esta locura. Desde que te encontraste en el fondo de aquel pozo y sentiste que te despreciabas más que a nada en el mundo. Cuando dudabas de ti misma y excusabas todo lo que Manuel hacía. Cuando cargaste con el amor, el desprecio, la culpa y los reproches. Todo sobre tus hombros. Habitar la locura, eso es. 
  
Quisiste mucho a Manuel. Más que a ti misma. Como esta mujer debió querer a ese hombre a quien la policía ha detenido unos minutos después del asesinato. También Manuel te quiso, quieres creer. A su manera. Como ese marido quiso a la mujer que espera en una cámara fría. 
  
Julia, aunque sabes ya que eso no es amor, aún no tienes el corazón preparado para reconocerlo. Si lo admitieses, ¿qué sería de estos años? Qué gran engaño, qué decepción, qué fracaso pensar que has sufrido y sufres por nada. Qué ingenua por no darte cuenta del daño que te andaban causando. Sigues a vueltas con la historia, tratando de buscar un asidero que te haga creer que Manuel no pudo ser tan cruel contigo, que te quiso. Un clavo, aunque te ardan las manos al tocarlo. 
  
A ratos, olvidas las palabras ofensivas que le escuchaste decir. No quieres recordar cómo te bombardeó el corazón de reproches, recriminando tu manera de ser, tus manías, tus complejos… negando virtud alguna. "Déjame algo", como decían en aquella novela de Cercas, El impostor, déjame algo en lo no haya sido mala, algún lugar. 
  
Y aún así, te vienes abajo cuando reconoces que aún no has dejado de quererlo. Querrías volver a su primer abrazo. Querrías oírle decir un lo siento que jamás escuchaste ni escucharás nombrar a un narcisista. Querrías volver a bailar entre sus brazos y sentirte una niña. Entonces te pones aún más triste y desvalida que de costumbre, que ya es. Debes estar loca, ya no sabes. Allá abajo entre las aguas hace tanto frío... Y te sientes tan sola. Y tan pequeña. 
  
Al pie del iceberg, la arena es un fango donde las mujeres están hechas para criar, cuidar y callar. Levantas la cabeza hacia la superficie. E intentas respirar. No sabes nada de la mujer que espera en el Instituto de Medicina Forense. Pero sabes que habrá otras mujeres . 
  
Mañana los titulares de la prensa contarán los detalles y ahondarán en excusas que expliquen lo injustificable. Hablarán de emigración, de alcohol, de marginalidad… para no ver lo evidente. Bebes otro trago de gintonic. Tú sabes, Julia, que entre el fondo del mar y la punta del iceberg con lazo negro muchas mujeres son prisioneras de una espantosa oscuridad.



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