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domingo, 10 de abril de 2022

'I am Mother', la madre cíborg y la metáfora de la maternidad futurible



Calor cíborgmaternal incandescente


Carla Boyera

Un lenguaje inequívocamente computadoresco nos pone en contexto. Nos encontramos en el interior de las instalaciones del Centro de Repoblación, en el Día 1 desde la Extinción, compartiendo espacio con 63,000 embriones y donde la Ocupación Humana asciende a un total de 0. La madre cíborg aparece sentada en su trono. Se encienden las luces como se encenderían las primeras luces de una fábrica al empezar un nuevo día. Su única trabajadora se dispone a cumplir su única misión: la conservación de la humanidad por venir, la humanidad porvenir; la humanidad sin guerras, sin violencias, sin Hobbes, sin autodepredación, la humanidad sin errores. Este es el relato invertido de I am Mother, donde una suerte de micelio tecnológico, una red androide, es la encargada de preservar la vida y el ser humano de destruirla.

La tecnología posibilita la desaparición de la madre biológica como única biomáquina capaz de engendrar, reproducir, cuidar y proteger la vida. Unas falopinzas escogen un feto con forma de tarjeta gráfica para insertarlo en una máquina tecnouterina que 24 horas más tarde traerá un ser humano en un parto metalizado, aséptico e indoloro. Cinco minutos más tarde, el fetochip es una criatura a la que vemos crecer hasta metamorfosearse en una joven (Carla Rugaard). En este film, el trabajo sexual y el trabajo reproductivo/gestacional se sacan del marco esencialista del cuerpo-mujer para ser trasladados a los cuerpos-máquinas. Me interesan enormemente estas narrativas donde se desnaturaliza la maternidad y se recodifica el Edén como una habitación llena de luces, cables y botones gestionada por esta Nueva Madre: un ser sin sangre, sin carne, sin culpa ni dolor que no obstante desprende calor incandescente cuando acaricia a su nueva criatura y que sabe que cantar calma el llanto. ¿Qué es Madre? es el primer interrogante que nos va a acompañar durante toda la película. Vemos a Madre jugar, coger a Hija de la mano al andar, mirarla bailar, es decir, vemos a Madre performando a la madre.



Madre e Hija en 'I am Mother'


La trama se complica cuando entra en escena la Fugitiva (Hilary Swank): la lucha por asumir la apropiación de Hija lleva a la competitividad por el afecto y la confianza entre la Fugitiva y Madre. Ambas se postulan como espacios de verdad, protección y cuidado. Pero no puede haber dos verdades contrapuestas. ¿Miente la Fugitiva? ¿Miente Madre? Esto nos lleva como espectadores a preguntarnos qué está sucediendo fuera de ese recinto hermético al tiempo que también nos inquieta el objetivo que se persigue desde dentro. ¿Es esperanzador el afuera? ¿Dónde reside realmente el peligro y la amenaza? En este escenario de desnaturalización de la maternidad, tanto la madre cíborg como la Fugitiva reconstruyen el mito del parentesco dejando abierta la posibilidad de re-escribir los guiones del trabajo materno: cualquiera puede cuidar, no importa de qué cuerpo hayas salido -y más en este caso donde no hay biocuerpo. No es novedoso que la reproducción y el futuro de la humanidad sean el eje vertebrador de una película de ciencia ficción, pero sí lo es que no hagan su aparición estelar los hombres-machos guerrilleros/salvadores.

La aparición de la Fugitiva va a desencadenar la excusa de la seguridad que siempre acompaña a las narrativas autoritarias. Poco a poco, la película evoluciona de un relato de cuidado y protección hacia un relato de dominación y exterminio. La metáfora de la maternidad se extiende hasta límites insospechados. Sus contradicciones se van desvelando hasta dejar desnuda la mentira: la falacia de destruir para cuidarnos, de matar para preservar, de controlar para proteger, de encerrar para liberar. Se precisa el cero cuestionamiento de las órdenes y una obediencia ciega. La consecución del humano perfecto pasa, paradójicamente, por el poder tecnomilitar, las armas, las tierras baldías, el hambre, la miseria y las violencias extremas: las máquinas preparan la Tierra para alumbrar una nueva raza humana, superior, una nueva ‘familia’. Nacimiento es aniquilación. Una tiene la sensación de estar pasando los ojos por las líneas que escribió George Orwell: la guerra es la paz, la libertad es la esclavitud… paradojas sociopolíticas que nos hacen un efecto batidora en la cabeza, un ajo mental que tiene la pretensión de amalgamar lo inamalgable. Las narrativas manipuladoras y los personajes expertos en tergiversación siempre se sirven en escenarios apocalípticos que favorecen simplismos. ¿Acaso de un determinismo biológico (ya felizmente desmentido por Margaret Thatcher que nos enseñó que la vulva con poder no es sinónimo de final feliz) la alternativa pasa por un maniqueo determinismo tecnológico (las máquinas nos van a gobernar y a destruir como especie)?

En este caso, la propuesta fílmica juega con los lenguajes de control de la población como ya lo hicieran los nazis en su pretexto por la optimización del ser humano como especie. La paradoja de destruir para conservar la vida sigue siendo una realidad distópica no deseable como hemos visto recientemente con las lógicas de la COVID19: no se puede preservar la vida cancelando la vida, no sin pagar el peaje de la salud mental y la represión de nuestros derechos y libertades. En el diálogo final entre la Fugitiva y Madre resuena aquello tan perturbador que escribió Viktor E. Frankl, superviviente de campos de concentración: “los mejores de entre nosotros no regresaron a casa”.

Esta película nos abre a conversaciones sobre la supervivencia de la especie humana y su inevitable alianza con las máquinas planteando los clásicos dilemas éticos y morales de los relatos de ciencia ficción de tintes eugenésico-apocalípticos sobre quién merece vivir y quién no. La codificación de las estrategias de supervivencia son comunes en los relatos de ciencia ficción, pero en este caso el darwinismo ha sido reformulado en términos de rectitud moral: es la ética lo que te hace más fuerte y lo que consigue invertir el dualismo jerárquico ser humano vs. cíborg, pero, ¿hasta cuándo vamos a seguir citando a Maquiavelo? Dice Donna Haraway: “No está claro quién hace y quién se hace en la relación entre el humano y la máquina. No está claro qué es la mente y qué el cuerpo en máquinas que se adentran en prácticas codificadas” y añadiría: quizás la capacidad de tomar decisiones legitimadas en defensa de la vida (de todas las vidas, porque todas las vidas importan) ya no sea lo que diferencie la biointeligencia de la tecnointeligencia. Quizás podamos asistir a la humanización de la máquina. Y es que la ciencia ficción, siguiendo a la jefa Haraway, es teoría política.

Este artículo fue publicado el 9/4/2022 en el diario.es: 'I am Mother', la madre cíborg y la metáfora de la maternidad futurible

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domingo, 5 de diciembre de 2021

'Mommy’ de Xavier Dolan. Palabras clave: maternidad, salud mental, violencia, instituciones, Estado, legislación, psiquiatrización


'Mommy' de Xavier Dolan

Creo que resulta fácil estar de acuerdo en que mientras el mundo sea un lugar capitalista y patriarcal ser madre soltera es ocupar un lugar de violencia. Las madres son leídas como fracasos si sus hijes no aprueban el examen social tras ser sometidos a escrutinio y juicio. El examen social es simple y sólo uno, normalmente sin repesca: hay que encajar. Encajar significa no salirse de la fila de muchas cosas, y la fila es el marco hegemónico en el que se moldea y domestica a la infancia y a la adolescencia para fabricar futuros ciudadanos obedientes y productivos. Para tener un trabajo (estar sentado 8 horas o doblando el lomo más de 10, aguantar humillaciones salariales, tragar con incumplimiento de contrato y derechos) no se puede ser un insubordinado. El aprendizaje de la subordinación a cualquier forma de autoridad y la aceptación de jerarquías son vitales para ser considerado «normal» en los marcos capitalistas y productivistas en los que nos movemos.
  
El quinto largometraje del director, guionista, productor y actor canadiense Xavier Dolan se estrena en 2014 con la premisa de un escenario legislativo ficticio: la promulgación de una nueva ley en Canadá (Ley S-14) que estipula que los padres de hijos con problemas de conducta en una situación de apuro económico, peligro físico o psíquico, tienen el derecho legal y moral de confiar a sus hijos a un hospital público, sin un proceso judicial.
  
Steve (Antoine Olivier Pilon) es un adolescente que se ha salido de la fila. Poco importa que se haya visto desbordado psico-emocionalmente y que la respuesta pública de las instituciones para «ocuparse de él» haya sido violenta y deshumanizada; bienvenides al bucle de la violencia que se aprende y luego se reproduce. En la foto también salen la medicalización y psiquiatrización para, a través del diagnóstico, patologizar, medicalizar y criminalizar enseguida el dolor. Quién necesita entender nada más cuando tienes un cuadro clínico, recetas médicas, una ley y toda una serie de instituciones haciendo caja con tus problemas. Disciplinar y drogar el cuerpo es, todas las veces, disciplinar y aniquilar a la persona. Diane Després (Anne Dorval) es la madre que quiere cuidar a su hijo pero siendo núcleo monomarental, precaria y sin red de apoyo, resulta una tarea titánica a la altura de los imposibles trabajos de Hércules. Tendría que estar sentada encima de una buena montaña de privilegios o ser una súperwoman y Diane ni tiene lo uno ni es lo otro. Ella es la anti-madre, malhablada y gritona, histriónica, con demasiada plataforma como para ser una buena madre, y su look choni de mechas, ropa ajustada y chicle mareado permanentemente en la boca la encasillan desde los primeros minutos de la película, durante la entrevista con la directora del internado, fuera del Club Vip de las Maternidades Hegemónicas, de las maternidades socialmente bien vistas, de las buenas madres. Acompañando a esta pequeña familia de dos se forja una alianza insospechada con Kyla (Suzanne Clément), la vecina de la casa de enfrente. Su tartamudez y algún detalle de la cámara que se detiene sutilmente durante algunos segundos en una foto deja entrever algún trauma fuerte, pero la historia personal de Kyla se pierde y diluye para pasar a ser un personaje-vértice fundamental en las vidas de Diane y Steve. Juntes les tres nos harán participar en escenas hilarantes, también otras llenas de ternura y amor. Son estas alianzas inesperadas las que crean los vínculos que nos dejan, aunque sea a ratos, respirar profundo y ser un poco felices. Con la presencia de Kyla, madre e hijo están menos crispados, las escenas son más tranquilas: su habla y las vidas de Steve y Diane parecen estar restituyéndose poco a poco, cogiendo ritmo.
  
Nadie va a discutir que no sea violencia gritarle a tu madre, romper los muebles de tu casa o ejercer una fuerza física descontrolada para agredir y dañar a otres. Pero lo que rara vez se discute y está social y terroríficamente normalizado es que un tubo de pastillas, una camisa de fuerza, un centro de menores, un hospital psiquiátrico o un diagnóstico sean violencia. Un diagnóstico es muchas veces un acrónimo que desglosa como si fuera un diccionario la capa más superficial de nuestros problemas pero no habla de las causas de nuestro fracaso como sociedad. A Steve le diagnostican TDAH y nuestro fracaso como sociedad que toma las píldoras del Sistema es haber asumido que un acrónimo es una identidad, que un trastorno es una identidad, que una enfermedad es una identidad. La clave del éxito de las violencias legitimadas por el Estado y sus instituciones es y será que los problemas de salud mental siempre se actualizan en ese diccionario de términos perversos como individuales, nunca sociales, ni estructurales ni sistémicos (muy típico, por cierto, de sistemas primermundistas, blancos y occidentales). Los problemas individuales son responsabilidad del individuo, nunca de la sociedad, nunca culpa de cómo organiza el Sistema las vidas que llevamos. Lo podrido así se sitúa en el adentro y se mira para dirigir el dedo acusador al entorno más inmediato, en este caso a la madre. Cuando la madre soltera no puede (‘soltera’ como explica Raquel Manchado (Antorcha Ediciones) no proviene de ‘sola’, sino de ‘suelta’, de mujer ‘no atada’) ahí está el Estado para ayudar, para asistir, para ofrecer alternativas. Y menudas alternativas . Las instituciones del Estado ponen de manifiesto nuestra carencia de redes afectivas y efectivas de apoyo y solidaridad características de las sociedades fuertemente individualizadas, nuestra manera enferma de haber asumido la existencia de esos centros que tienen más de cárcel y castigo que de protección y cuidados. Cuando falla el hijo como si estuviera roto se mira y culpa a la madre. Cuando fallan las instituciones y el Estado, ¿a quién miramos?

Carla Boyera

  • Este artículo y otros han sido también publicados en Kaosenlared.net y los puedes leer aquí en este enlace 


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