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martes, 19 de julio de 2022

Las mujeres que performan o parodian masculinidades es el drag más invisibilizado: Entrevista a cuatro drag kings



Los drag kings de El Bancal de Candanga. De izquierda a derecha Robin, Ulysses, Dicko y DEMO @titoplaza_foto



Por Lucía Barbudo

Las genealogías son urgentes si vienes de una historia que nadie cuenta, si tu árbol genealógico crece y se expande sin genes. Ulysses Ménade surgió, cual Anteneo, de la cabeza sin útero de su madre Malva. Los sistemas reproductivos cuir son extraordinarios: sin necesidad de órganos sexuales liberan sus esporas que prosperarán si el entorno es favorable, como le pasa a cualquier ser vivo. Dicko Tomic y DEMO son dos esporas liberadas del cuerpo y tierna materia gris de Robin Metamorfic@. Sí, son todes hijes protésiques de la Haraway y andan cada vez más mezclades y revueltes en ese laboratorio del género que es El Bancal de Candanga. La orientación sexual en el caso de las artistas drag queen es mayoritariamente gay. Sin embargo, las representaciones king en este colectivo drag murciano son enteramente performadas por bisexuales (mujeres y personas no binarias): “Nuestra bisexualidad es algo que permea la performatividad de nuestros drags”, concluyen.
Dos drag kings y dos drag cuir: buffet libre de masculinidades

Ulysses se define como un drag king que performa una masculinidad “fluctuante”, tal y como anuncia su propio nombre: “Mi drag se llama así porque es un viajere del tiempo, del espacio y del género: a veces es una masculinidad más hegemónica, otras veces más cuir, con más pluma… Tanto es así que puedo empezar una actuación como king y terminarla como queen”. DEMO lleva poco tiempo en el drag y quizás por eso afirma que su masculinidad está en construcción: “Me interesa la parte escénica del drag, eso de habitar lo masculino, vivir en mi cuerpo la masculinidad. Aún no me he decidido sobre qué masculinidad performar, pero creo que soy bastante marica.

”Por otro lado, aunque Robin confiesa conectar con eso de parodiar una masculinidad más machuna, no le gusta performar una masculinidad tóxica: “Quería que mi drag tuviera pluma independientemente de lo que estuviera performando. Tengo que decir que como drag cuir, fluyo en el espectro de género cuando performo”. Dicko lleva dragueándose un año, fue a la pasarela que el colectivo travesti hizo en el Huerto de Santa Eulalia y quedó fascinado: “Yo vengo de un entorno conservador, para mí el drag y el Bancal suponen un espacio de libertad que en otros espacios de mi vida no tengo. En mi primer drag, performé una masculinidad muy rancia, muy machirula, y ese personaje ha ido evolucionando”.
El arte como acto político, la política hecha arte

Las alianzas masculinas han sido las que cultural e históricamente han sostenido (y siguen sosteniendo) el patriarcado, aunque no sólo: las mujeres también apuntalan estas estructuras a través de la defensa y la práctica de lógicas machistas y misóginas. En este sentido, la transformación artístico-escénica de estos cuatro cuerpos-leídos-como-mujeres en drag Kings, tienen el potencial político de boicotear el patriarcado desde el escenario: “Representar la masculinidad desde un cuerpo que no es leído como masculino le abre las costuras al género y es algo muy político”, sostiene Ulysses. “Como lleva ya tiempo señalando el feminismo, la masculinidad es lo universal, lo genérico, lo que no está marcado y la gente piensa que eso no se puede ni alterar, ni reinventar. En los drag King aparecen modelos de masculinidad alternativos que son muy valiosos, como pasa también con las bolleras butch”, afirma DEMO, quien además, establece una diferencia fundamental entre los artistas king y las queen: “Enlazando con el capitalismo, la mayoría de drag kings, a diferencia de las drag queens, somos personas politizadas, gente con cierta conciencia anticapitalista o antisistema”.



Acción performática de los Drag Kings de El Bancal de Candanga pre 8M en el Huerto de Santa Eulalia @loyolasser


Siguiendo a Judith/Jack Halberstam y lo mucho que escribió sobre masculinidad femenina, es más que lícito pensar que las propuestas de nuevas masculinidades vienen por parte de las mujeres, y no sólo las bolleras butch, sino también las mujeres hetero masculinas, las bisexuales, las personas andróginas, las personas no binarias y, por supuesto, toda la peña cuir. La masculinidad hegemónica, la más risible y parodiable, es la que políticamente desde los feminismos se propone deconstruir. Es fácil desmontar esa masculinidad cuando se hace con ella un chiste.

Pero Dicko también se muestra crítico cuando desde el drag se ofrece una visión encasillada: “Me aburre un poco cuando intento buscar referentes y todo lo que encuentro es una butch haciendo de machirulo”. Los kings murcianos son ambiciosos: intentan desarticular la asociación de determinados cuerpos o incluso la misma idea de genitalidad con la masculinidad: “Queremos tíos con tetas”, sentencia Robin. Esto entronca con el discurso trans: “No queremos chafarnos el pecho con un binder o tener que ponernos paquete para representar lo que es un hombre: hay tíos con vulva y tíos con tetas y nos gusta representar eso también. Representamos una masculinidad donde no queremos esconder nuestro cuerpo-leído-como-mujer para representar la masculinidad”. O dicho de otro modo, como reformula DEMO: “La masculinidad no hegemónica no es simplemente tíos que no sean unos capullos, es algo mucho más complejo, algo que va más allá”.
Masculinidad sobre el escenario y fuera de él

El drag posibilita, por esa incursión en lo masculino y reapropiación de la masculinidad, el empoderamiento femenino a través de la identidad King. Ahora bien, en este caso, desde lo cuir (Dicko) y lo no binario (Robin), habría que afinar más diciendo empoderamiento desde identidades de género que no sean masculinas. “Como drag queer estoy mucho más despierta a ver cosas que antes en mi caso estaban sin reflexionar, como la bifobia. El drag te hace ser capaz de leer mejor las violencias”, dice Dicko.

Para Robin, como persona trans no binaria, los pensamientos que surgen son otros: “Para mí la feminidad hegemónica (como andar en tacones) es algo increíblemente performativo, en este caso, muy high femme. Yo puedo acceder a esa forma extrema de la feminidad cuando estoy con mi personaje en su forma queen. Con el king me pasa a la inversa: saco mi súper macho. Algo que me gusta mucho es que la Robin queen sea dominante y que Robin king sea sumiso, es como que dentro del estereotipo, me gusta cargarme lo que socialmente se asume a un género u otro.”

En el caso de Ulysses, la representación de la masculinidad se ha extendido a ámbitos de su vida que trascienden el escenario: “Haciendo drag, empiezas a ver el monstruo que es el género. Yo utilizo la expresión de la masculinidad normativa tal y como es leída socialmente para posicionarme en el espacio público cuando estoy en un ambiente hostil. Puedo sacar mi drag sin necesidad de maquillarme y empoderarme de esa manera”.

Para DEMO, la apuesta estética es el punto de partida que permite generar un discurso político en torno a la apariencia y la expresión de género: “La androginia es mucho más accesible si eres flaca. Aunque socialmente siempre he sido leída como chica, el privilegio flaco me ha permitido mostrarme andrógina simplemente rapándome la cabeza. Con el feminismo aprendí que mi valía como persona no estaba circunscrita a la belleza. No hace falta adscribirse a un género concreto para sentirse poderose, ni para empoderarse. La belleza se deconstruye más en el drag cuir que en cualquier otro drag. Igual que se dice que el feminismo ha traído las gafas moradas, nosotres queremos traer las gafas travestis para deconstruir el género”. Sobre el privilegio flaco y la expresión de género tristemente asociada a la normatividad de un tipo de cuerpo, Robin afirma: “Envidio el privilegio flaco porque posibilita la androginia mucho más, la confusión de género. Es muy difícil que te lean como un cuerpo no-mujer cuando tienes una talla 120 de pecho”. Dicko es de la opinión de que, gracias al drag, se puede experimentar con la belleza y los estereotipos asociados a ella: “Te transmite una belleza que no eres capaz de categorizar y eso descoloca y mola”. Es lo que hace por ejemplo La Yelo. “No es casualidad que seamos todes bisexuales, como decíamos antes, y nos resulte tan natural fluir tanto en y con el género”, sentencian.
Patriarcado con maquillaje y peluca: transfobia, machismo y misoginia en Drag Race

“En más de veinte puñeteras temporadas de Drag Race no ha habido ni un solo concursante drag king”, se quejan los kings. “Ha habido varios chicos trans (que hacían drag queen) y personas no binarias, pero un drag king nunca. La escena drag ha estado dominada por hombres gays y es cero casualidad que el drag más invisibilizado es el hecho por mujeres que performan o parodian masculinidades”. Sobre la necesidad, que puede ser interpretada como bastante tránsfoba, de adaptarse a la normatividad de los cuerpos binarios (masculino/femenino), Ulysses comenta: “Salió una drag queen que era trans (y que al final se quedó de las últimas) que cuando se presentó al casting no se había operado el pecho y RuPaul hizo unas declaraciones en las cuales dijo que si llega a presentarse con tetas, no la hubiera cogido.”

El término realness (tener apariencia de realidad, de verdad), de hecho, puede ser interpretado desde una óptica tránsfoba ya que legitima o valida a unos cuerpos sobre otros. “En una de las temporadas, a un concursante le llamaron la atención por no haberse ocultado bien el pene en una prueba de bikinis. RuPaul le echó la bronca máxima por no haberse hecho bien el tucking (el proceso de esconder pene&escroto para su total desaparición visual). Es cosificante que haya un control tan estricto sobre la genitalidad de los cuerpos. El énfasis enfermizo sobre la figura de reloj de arena y el tipo de estética (súper maquillaje, pelazo, uñas perfectas) que se tiene que asociar a la feminidad y, consecuentemente, lo que se premia y lo que no, es misógino y es cissexista, tránsfobo y gordófobo. Y todo el drag no es así. En este sentido, RuPaul ha hecho mucho daño”, comentan los kings.

Las propuestas artístico-escénicas de RuPaul son, en su mayoría, feminidades mainstream dedicadas a amenizar a un público capitalista y no politizado. En contraposición a esto, el Bancal de Candanga tiene drag queens que son icónicas en sus propuestas de jugar y mezclar el género, que muestran otras feminidades disidentes y subversivas, precisamente porque el lugar desde donde performan es político, precario y superviviente. “Estas son las drag queens a las que aplaudimos y las que nos representan”.



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domingo, 18 de julio de 2021

Intento que el capitalismo ocupe sólo contenido crítico y que la masculinidad hegemónica se entienda como lo que es: un acting performativo, un chiste.


El día de la mani del Orgullo Crítico en Murcia fui, como no podía ser de otra manera, con mi hijo de 12 años.

Digo «como no podía ser de otra manera» porque esa es la educación que le estoy dando, ese es el edificio que estamos construyendo y estas son las conversaciones que tenemos. No somos socixs del Real Murcia, ni seguimos la Eurocopa, ni vamos a misa los domingos, ni transitamos escolarmente por colegios privados ni concertados ni escuelas neolibres. Tampoco vamos al Corte Inglés ni a los centros comerciales a pasar nuestro tiempo libre. Intento que el capitalismo ocupe sólo contenido crítico y que la masculinidad hegemónica se entienda como lo que es: un acting performativo, un chiste.
Algunxs dicen «lavado de cabeza» sin ver lavado de cabeza en comprar un uniforme del Real Madrid o en ir a clase de religión o en comprar una muñeca y un carrito o en decir «campeón» o «machote» o «princesa». Algunxs dicen «ideología» con algunas cosas y no con otras.
Quien quiera ver ideología en una cosa y no la vea en la otra es une imbécil, así de claro, una persona a la que se le da mal pensar.
El caso es, decía, que fuimos a la mani del Orgullo Crítico y le escribí por wasap a la madre de su mejor amiga para ver si la dejaba acompañarnos. La respuesta (negativa) fue, literalmente, que «no estaba de acuerdo con esas ideas».
Debí contestarle que no eran ideas, que eran PERSONAS y que es imposible, desde un punto de vista estrictamente humanitario, no estar de acuerdo con que existan determinadas personas.
Debí hacer pedagogía,
debí insistir,
debí argumentar.
A veces es que tengo la certeza de que al otro lado hay una pared. Y no hay nada peor que saber que al otro lado hay una pared.
El año que viene mentiré, porque la cría quería venir y su madre no la dejó, no la escuchó. El año que viene mentiré porque ninguna hija se merece un padre ausente de la educación de su hija y una madre que sea una pared.
Me traigo las palabras de Kim Pérez para señalar que el esencialismo es basura de la peor y que han pasado ya más de 20 años y hay peña que todavía no lo entiende.
«El mismo nombre de trans significa una bandera que no debe ceder el movimiento feminista en su más profunda expresión. Porque somos personas que visiblemente hemos transitado de una condición aún peor, más opresora, la clandestinidad, hasta esta mucho más tranquila. Nos hemos liberado. Somos mujeres que hemos tenido que ser reconocidas o nacionalizadas.

Somos un paradigma de la condición humana que todos pueden ver. Personas en proceso, en transición. Personas trans. Y este derecho al cambio social liberador, al no esencialismo, es lo que reivindica el feminismo para todo ser humano.»
Kim Pérez «¿Mujeres o trans? La inserción de las transexuales en el movimiento feminista». Ponencia presentada en las Jornadas Feministas Estatales de Córdoba de 2000.
(Cita extraída de «Transfeminismos. Epistemes, fricciones y flujos» compilado por Míriam Solá y Elena Urko)

Lucía Barbudo

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sábado, 13 de febrero de 2021

Las mujeres masculinas: masculinidad y feminidad a revisión en el western de Nicholas Ray ‘Johnny Guitar’

Vienna (Joan Crawford)

Por Carla Boyera


Resulta muy poco previsible que un western, categoría monolítica por excelencia de performatividad sin sorpresas de roles de género y apabullante protagonismo masculino, nos dé la oportunidad de reflexionar sobre la masculinidad y la feminidad como lo hace esta atípica y original propuesta de Nicholas Ray. Con un modesto presupuesto que se ajusta a las películas de serie b, este western nos presenta a un personaje masculino que vuelve tras cinco años de ausencia: la transformación de su identidad no queda sólo en el simbolismo de cambiarse el apellido (herencia patrilineal de tantas cosas machunas), sino que también afecta a su nueva arma de seducción: una guitarra. Johnny Guitar (Sterling Hayden) cambia la violencia fálica y los dedos tensos en el duro revólver por las manos flexibles sobre el mástil de su guitarra sin que eso suponga un quiebro en su masculinidad: vemos que Johnny se las apaña bien para conservar intacta su chulería.
  
Johnny Guitar entra, en medio de una tormenta de arena, en el local Vienna’s y pregunta por ‘the boss’. El inglés tiene esta cosa maravillosa de no denotar género en prácticamente ninguno de sus sustantivos por lo que, viendo la película en versión orginal, dejamos que el imaginario machista y patriarcal opere en nuestras cabezas asumiendo ya la figura masculina justo cuando Vienna (sublime interpretación de la enorma Joan Crawford) aparece potentísima asomada a la barandilla del piso de arriba: sí, ella es ‘the boss’, la jefa, la dueña del suelo por donde se pisa y desde arriba con los brazos abiertos como un cóndor da las órdenes sin afectación femenina. Nunca una mujer se apoyó así en ninguna barandilla con la intención de no ser sexy, ni de gustar a ningún hombre, ni de mostrarse seductora. Ella es, literal y metafóricamente, la que lleva los pantalones. «Vienna está ocupada. Tendrá que esperar» es la frase que nos avisa sobre qué tipo de mujer está por aparecer; aunque es de las que te hacen esperar, está lejos de ser leída como el cliché que suele ser la femme fatale.
  
Vienna es una forastera que quemó sus maletas nada más llegar porque sabía que venía para quedarse. Así de radical se sentía en el far west aquello de que si quieres ser dueña de un pedazo de tierra lo único que tienes que hacer es trabajarla y así fueron las cosas para muchas mujeres que no veían en el matrimonio un futuro deseable. Vienna maneja un lenguaje corporal masculino, usa pantalones y camisa y lleva el pelo corto. No se viste para gustar ni para complacer y los planos contrapicados nos sugieren la posición desde la que los demás la han de ver: desde abajo. «Nunca vi a una mujer que fuera más hombre. Piensa como un hombre, actúa como un hombre y a veces me hace sentir como si yo no fuera uno.» Esta frase para tatuarse pronunciada por uno de los empleados de la casa de apuestas de Vienna me puso los ojos redondos y llorosos como los de un dibujo animado manga. «Nunca me imaginé que recibiría el sueldo de una mujer y que me gustaría», nos dice otro. Desordenado el género y rotas las jerarquías marcadas por el binarismo de arriba y abajo, ya no es humillante trabajar para una mujer, ni acatar sus órdenes. Es lo que casi treinta años más tarde reformularía Monique Wittig en «El pensamiento heterosexual» con aquello de que, si entendemos la categoría ‘mujer’ como algo subordinado, dependiente, obediente y supeditado al deseo del hombre, las lesbianas, consecuentemente, no eran mujeres puesto que no eran subalternas del régimen heterosexual y escapaban de esas lógicas dominación y sometimiento. En esa línea de reflexión está el empleado de Vienna: si mi jefa piensa y actúa como un hombre, entonces quizás yo no sea uno. Interesante y jugoso planteamiento sobre qué comportan la feminidad y la masculinidad. Nada mal para ser un western del año 54 escrito (el guión y también la novela homónima en la que se basa la película) y dirigido por hombres.
    
La de Vienna es una heterosexualidad no esclava que la ha dejado seguir con su vida y ser dueña de un futuro propio. Curiosamente, las pocas veces en que Vienna performa su feminidad, vemos que debe desprenderse de sus vestidos, literalmente, si quiere conservar la vida. Entendemos así, todavía hoy, que se puede interpretar la feminidad como un lugar de peligro para las mujeres.
    
Emma (Mercedes McCambridge) es otra de las grandísimas protagonistas de esta película y es otra mujer masculina. Una de las imágenes más potentes la protagoniza ella cuando entra en el local de Vienna liderando a los hombres del pueblo como si fueran una bandada de aves carroñeras: formando una flecha negra por el luto tras el asesinato de su hermano, ella es la hembra alfa que se sitúa en el vértice del triángulo, altiva y rabiosa.
     
Emma (Mercedes McCambridge) es la hembra alfa que lidera la bandada de hombres

Bajo el falso pretexto de buscar justicia, Emma esconde una historia de celos y venganza. Mujer económicamente poderosa, lucha por mantener el privilegio de su poder y de sus tierras, pero su rabia de mujer despechada es más grande que el más grande de sus ranchos. Emma también lidera y comanda, alimenta y enaltece las suspicacias. Es manipuladora y tiene bien aprendida la misógina competitividad entre las mujeres cuando se trata de luchar por el hombre entendido como coto privado de caza.
  
Aunque el título de la película no hace justicia a las personajes más sustanciosas de la trama, esta es, sin duda alguna, la historia de la guerra entre estas dos mujeres. Los hombres que hay detrás (sobre todo de Emma) son parte del decorado, del atrezzo inevitable al hilo narrativo, el marco necesario para que tengamos el duelo más esperado de estos 111 minutos: el duelo final entre Emma y Vienna, donde los hombres son meros espectadores, sus cabezas yendo de una mujer a otra siguiendo (desde abajo otra vez) la trayectoria del partido de balas.
    
Estas son mujeres que, si bien no se libran de convulsas historias románticas con hombres, nunca leeremos como débiles, desvalidas, dependientes, ñoñas o tristes. Mujeres que no nos importa si quieren o tienen hijos, si saben coser o cocinar, si tienen cuerpo o movimientos canon para atraer hombres y desgracias. Mujeres con fortuna, negocios y armas: mujeres con la posibilidad de ser violentas, agresivas, que no están en la pantalla para dar vida, sino para quitarla. Mujeres vestidas en una película sin seducción de piel desnuda, donde los cuerpos de las protagonistas no ocupan minutos ni atención. Mujeres respetables y respetadas no por custodiar su sexualidad, sino por ser mujeres fuertes y carismáticas: las vemos enseñar los dientes, llenarse de barro y polvo, pasar por debajo de cascadas y mojarse sin hacer un solo comentario a su aspecto ni quejarse.
   
Como apunta Judith Halberstam en su obra imprescindible «Masculinidad femenina», existen nuevas masculinidades que están siendo producidas por mujeres y la prohibición de masculinidad a las mujeres merece ser analizada. Quizás mientras se entienda que la masculinidad es un lugar de poder, nos esté vetada. Y quizás desde los feminismos, además de deconstruir al macho, deberíamos construir nuevas feminidades.

Este artículo se ha difundido en otros medios:
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